Caricatura Política en Chile

 

1. Caricatura Política en Chile

 

1.1 La caricatura política en Chile, siglo XIX

En nuestro país una de las primeras expresiones de caricatura en su vertiente política la podemos encontrar entre 1818 a 1820 “en algunas imágenes satíricas dibujadas y acuareladas que representaban en forma ridícula a San Martín, O´Higgins y otros personajes de la gesta independentista”(1), atribuidas a José Miguel Carrera. Dichas imágenes circularon entre Santiago y Buenos Aires durante la administración de O´Higgins.

 

Pese a estos primeros pasos dados por la caricatura política en Chile, no será sino hasta el 18 de julio de 1859 cuando aparezca el primer periódico chileno que combine el humor a través del lápiz y del dibujo. Este periódico será El Correo Literario, autodefinido como político, literario y de costumbres, redactado “por la ágil inventiva de José Antonio Torres y editado por el tipógrafo Jacinto Muñoz”(2), cuyos dibujos estaban a cargo de Antonio Smith e Irisarri y Benito Basterrica. Salía una vez a la semana “con un repertorio de caricaturas de personajes o situaciones del mundo de la cultura y de la política que resultaron una gran novedad”(3), lo que favorecía su enorme potencial comunicador.

 

Uno de los grandes méritos que tuvo El Correo Literario fue, haber sido el primer periódico ilustrado de Chile y de toda la antigua América española.

 

El 11 de diciembre de 1858 El Correo Literario desaparecía, hasta el 11 de julio de 1864, cuando reaparecería en un clima de mayor libertad de prensa. Su último suspiro lo dio el 27 de agosto de 1867, alcanzando a poner en circulación tan solo tres números.

 

Los responsables del brote del periódico caricaturesco como otra manera de hacer prensa en Chile fueron, durante esta época, “principalmente literatos”(4), siendo “la tríada fecunda de literatura, periodismo y gráfica”(5) la que caracterizó a esta manifestación que se consideró de oposición y que se definió a sí misma como “representante de la mayoría del país y de la opinión pública”(6).

 

En palabras de Isabel Cruz, la característica común que tenían los primeros periódicos caricaturescos estaba dada por:

un periodismo a veces marginal, clandestino y de breve duración; un periodismo de corte romántico-realista, tremendamente subjetivo, acentuadamente acusador, fuertemente apasionado que privilegió el entretenimiento y la opinión; la ética y la ideología por sobre la información(7).

 

En el año 1863 aparecía el periódico El Cóndor, político, literario y de novedades y también ilustrado con caricaturas. En la dirección se encontraba el señor Manuel Blanco Cuartin. Lo mas importante para señalar respecto a este periódico es que “por primera vez se personalizó la labor critica de un periódico, en este caso, la figura de un cóndor, “nacido como un intruso personaje que se inmiscuye en todas las situaciones, cuyo papel denunciante queda bien en claro”(8).

 

En tiempos de la guerra con España, en los cuales los sentimientos nacionales estaban bastante agitados respecto a la antigua Madre Patria, apareció otra publicación satírica ilustrada con caricaturas llamada El Corsario, publicado en Valparaíso desde el 27 de marzo de 1866. Tuvo una vida muy corta ya que solo alcanzó a publicar seis números hasta el 26 de mayo de 1866 y tuvo como rasgo llamativo el haber impreso dos ediciones con caricaturas diferentes en las respectivas portadas.

 

Teniendo como marco histórico el delicado conflicto entre el poder temporal y espiritual durante los últimos años del gobierno de Montt, la prensa satírica quiere hacer oír su voz a través del primer periódico completamente anticlerical, cuyo nombre era La Linterna del Diablo, redactada por Fanor Velasco y acompañada de ilustraciones a cargo de Benito Basterrica. Circuló entre el 23 de agosto de 1867 hastael 31 de octubre de 1868, alcanzando los 48 números.

 

A causa de la virulencia de sus ataques contra la Iglesia y el Gobierno, fue obligada a dejar de aparecer, volviendo el 14 de noviembre de 1868 hasta el 2 de octubre de 1869. Tuvo una última aparición desde el 5 de mayo de 1876, pero con poco éxito ya que solo alcanzó a sacar cinco números.

 

La Linterna del Diablo es considerado el segundo periódico chileno de corte satírico que inventa un personaje: el diablito iluminador, “ese entrometido sabelotodo que tiene el papel moral de notificar a la opinión pública sobre los vicios del poder político y espiritual del país”(9).

Otro de los periódicos que atacaron con dureza tanto a la Iglesia como al Gobierno fue El Charivari(10), satírico e ilustrado con caricaturas que apareció durante el segundo gobierno de José Joaquín Pérez. En la redacción estaba Luis Rodríguez Velasco, con la colaboración de Fanor Velasco y caricaturas que parecen haber sido realizadas por Benito Basterrica.

 

Elementos que distinguen a este periódico que tenía el mismo nombre que su famoso homólogo francés eran, la presencia de chistes y caricaturas de corte local y la inclusión de un personaje “mezcla de payaso pierrot, gnomo y juglar, que se inmiscuye con su ojo crítico en las situaciones políticas y religiosas más delicadas”(11). Hay que agregar que se publicó desde el 29 de junio de 1867 hasta el 1 de enero de 1878, llegando a completar los 126 números.


 

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Notas:

(1) Isabel Cruz de Amenábar, “Diosas Atribuladas: Alegorías cívicas, caricatura y política en Chile durante el siglo XIX”, Historia, (Santiago, Instituto de Historia, Universidad Católica de Chile), 30, 1997,p. 139.

(2) Isabel Cruz de Amenábar,Cruz, "Reseña de una sonrisa. Los comienzos de la caricatura en Chile decimonónico". Boletín de la Academia Chilena de la Historia, N° 102. 1991-1992., p. 115.

(3) Ibíd.

(4) Cruz, Diosas, p. 139.

(5) Ibíd.

(6) Ibíd.

(7) Ibíd. p. 140.

(8) Cruz, Reseña, p. 119.

(9) Ibíd. p. 127.

(10) La palabra Charivari es de origen francés y se aplica para designar un ruido discordante, producido con sartenes, cacerolas, silbidos, gritos, etc. Equivale a la palabra castellana cencerrada, en Ricardo Donoso, La sátira política en Chile. Santiago, Chile Universitaria 1950.op. cit., p. 65.

(11) Cruz, Reseña, p. 127.