Redactores en Topaze (Aparecido en el Nº 1246, del 31 de Agosto de 1956)

Jorge Sanhueza

En 1931 el país sufría la peor de las crisis de su historia. Pálida era la cesantía que llenaba de hambrientos los albergues; sin remedio parecía la crisis salitrera; anemiquísima era la baja del peso y de reventar de risa era el déficit fiscal al lado de la enorme crisis de humor que aquejaba al país.

 

En las arcas chilenas no había ni siquiera una mísera sonrisa para remedio. Chile mostraba una cara larga y angosta como su conformación geográfica. Estaba enfermo.

 

Pero mientras los políticos y economistas se aplicaban a la tarea de levantar al país de su postración económica, Jorge Délano, Jorge Sanhueza y Joaquín Blaya se aplicaban a la tarea de salvar el humor de sus compatriotas.

 

Entonces fue cuando recetaron píldoras semanales de “Topaze”. De los tres eminentes facultativos del humor, dos emprendieron la ruta sin fin: Jorge Sanhueza y Joaquín Blaya. Jorge Sanhueza Donoso fue durante largos años periodista serio de “El Diario Ilustrado”, pero era en su vida privada un alegre juglar que regalaba ingenio y alegría a su alrededor.

 

Cuando todo el país se empeñaba en ver el rostro sombrío, rencoroso y voraz de sus políticos, Jorge Sanhueza, a quien sus íntimos llamaban cariñosamente “Pichiruche”, se los mostró remozado a través de su talento. La dosis semanal de “TOPAZE” daba beneficios efectivos. Espíritu múltiple, “Pichiruche” vivía días de veinticuatro horas y a veces de treinta.

 

Dilapidó su talento a montones. Lo tiraba sobre las mesas de las agencias de propaganda, de los productores de cine, sobre los escenarios. Y podía hacerlo porque era archimillonario en ingenio; era un magnate del humor.

Joaquín Blaya

Este argentino grandote, macizo, de una estampa similar a la de su compatriota el Toro Salvaje de las Pampas, hizo de Chile la base de operaciones para su fabulosa carrera. A su paso brotaban revistas, periódicos, ediciones, como si sus grandes manzanas desparramasen un salitre milagroso.

 

Saltaba las fronteras y regresaba con un álbum, con una edición especial, con un anuario. El proyecto de editar una revista humorística le entusiasmó. Tras sus gruesos lentes, bajo sus cejas enmarañadas, le brillaron los ojos.

 

En Chile no se conocía la publicidad técnica. A todo Santiago maravilló el millón de volantes anunciando “TOPAZE” que Joaquín Blaya derramó desde los cielos montado en un pequeño avión. Fue incansable precisamente en los primeros tiempos, cuando “TOPAZE” daba sus primeros berridos.

 

Con sus regordetas manos lo cuidaba, lo acariciaba y lo veía crecer. Su mayor satisfacción, sin duda alguna, habría sudo verlo convertido en un hombre de pelo en pecho, con veinticinco años de vida, como es ahora. A él se debe el cincuenta por ciento del éxito de esta empresa única en Chile: una revista tradicional que pertenece a los mismos que la hacen, que la escriben.

 

“TOPAZE” fue la aventura de su vida, la que siempre recordó con orgullo hasta el instante en que, cansado por una existencia infatigable, cerró los ojos en un gesto supremo de descanso eterno.

Álvaro Puga

En una familia de juristas y severos funcionarios, Alvaro Puga Fisher fue en sus primeros tiempos algo así como la oveja negra. Más tarde, cuando desde Ministros de Estado, altos jerarcas de la Iglesia, políticos de nota, financistas conspicuos y el país entero le rindieron un homenaje por su éxito teatral de “Lodo y Armiño”, la oveja negra se transformó en Don Alvaro Puga Fisher.

 

No es nuevo en Chile el caso de Alvaro. Ni puede causar extrañeza a nadie que observe la realidad nacional. Fue un bohemio sin remedio. Pero no el bohemio de la ociosidad ni de la abulia. Sencillamente le disgustaban los pequeños menesteres que tanto nos preocupan a los hombres mediocres.

 

Gastaba el dinero con tal desaprensividad como gastaba su ingenio en mil bromas a lo largo de la noche santiaguina. Rodeado siempre de amigos, se tornaba, de pronto, de autor millonario en un hombre acosado por las deudas, para recuperar al día siguiente la opulencia que tan bien le sentaba. Su ingenio no tenía límites.

 

El Profesor Topaze recibió de Alvaro mucho de su ingenio y no poco de esa imparcial mordacidad que durante un cuarto de siglo le ha permitido ser, sin contrapeso, el barómetro de la política chilena.

Jenaro Prieto

Cuando los años le platearon su luenga barba, parecía un abad bondadoso, muy distante del espíritu travieso que escribiera “El Socio”, “Un Muerto de Mal Criterio” y “Con Sordina”. Fue Jenaro Prieto un activo y valioso colaborador de “TOPAZE” en sus primeros cinco años de vida.

 

Hay en cada edición semanal de aquella época huellas inconfundibles de su chispa zumbona y jovial. En la tertulia de esta revista, cuando se fraguan sus tapas y se tejen sus chistes, Jenaro aportaba el continente inestimable de sus sentido del humor.

 

Tenía la principal cualidad de un humorista: la gracia sin hiel, la crítica festiva y bondadosa. Ya en la literatura americana tiene un sitial de honor. Sus obras son tesoro inestimable para los lectores. Pero, con la excepción de sus crónicas en “El Diario Ilustrado”, lo mejor de su vida quedó impreso en las páginas del “TOPAZE” de sus primeros tiempos.

 

¡Cuán difícil se nos hace a nosotros, los continuadores reemplazarte siquiera con mediano éxito!